
Es casi inevitable que regalemos algo a alguien en estas fiestas, por pequeña que sea nuestra economía. Yo procuro comprar algo que sé que de verdad quiere la persona en cuestión o que le es útil. Tengo en cuenta sus gustos y preferencias, y luego, cuando salgo a la calle procurando tener in mente tres cosas: una, ¿puedo hacer el regalo yo misma? Si es algo que sé hacer, es mi primera opción. Dos, potenciar el comercio de mi barrio, de mi pueblo, de mi gente, del día a día para que el dinero se quede aquí y no vaya a multinacionales, y tres: que sea respetuoso con el medioambiente y con quien/qué ha producido ese objeto.
Comercio justo, responsable, sensato… no compulsivo, no por compromiso, no por aparentar. Las relaciones en estas fiestas no se deberían medir por lo que regalamos, sino por lo que compartimos con las personas, ahora y cada día del año.
Confieso que no siempre lo consigo, pero me lo pienso más de un minuto y lo intento. Lo mismo hago con los regalos de los peques, ¡en la medida que puedo! Sin olvidar que lo que los niños y niñas quieren es, sobre todo, jugar. Compartir tiempo con ellos y ellas; reír, saltar, contar historias… Regalarles nuestro tiempo es lo más valioso, lo material, el día 7 de enero, casi que no lo recordamos después, pero el cariño, las risas, unos cantes, pasear por la nieve o por la playa… eso sí lo recordaremos durante mucho tiempo. ¡Pongámonos a ello!
