INDÍGNATE Y EMPODÉRATE

Hace unos días, en sesión psicoterapéutica, una mujer inteligente, muy preparada y con responsabilidades de gestión de equipos humanos, me contaba el encontronazo que  tuvo con su jefe.  Este la presionaba para que produjera más, encontrara más clientes, vendiera más productos, comparaba su gestión con otros equipos que “lo hacían mejor “, etc, etc.

La mujer sigue teniendo peores condiciones laborales y económicas que el hombre. También sigue siendo la principal responsable de la gestión familiar.

Ella, que ha trabajado durante todo el confinamiento desde casa, echándole horas  de lunes a viernes por la tarde e incluso algún que otro fin de semana.

Ella, que ha callado negligencias de su empresa, protegido a  su personal defendiendo el trabajo del mismo y dejándose la piel,  tuvo una sensación de injusticia  y rabia oyendo a su jefe.

Ella, que durante mucho tiempo sufrió maltrato psicológico, que pensó que no valía para nada, que dudó de sí misma hasta el punto de no saber quién era ni lo que quería en la vida.

Ella conectó con la indignación y le dijo  a su jefe muy asertivamente, es decir con firmeza, eficacia, seguridad, indignación y valentía lo que tenía que decirle para defender su trabajo y el de su gente.

Acabó tan agotada que tuvo un ataque de ansiedad. Comenzó a sentirse mal, muy débil física y emocionalmente hasta el punto que rompió a llorar.

Sin embargo, al día siguiente volvió a reunirse con su jefe y, con datos objetivos, continúo defendiendo su labor, al punto que éste la felicitó y le ha dado el margen de trabajo que ella y su personal necesitan para reorganizarse, distribuir tareas y alcanzar los nuevos objetivos.

No nos enseñan a a debatir o argumentar adecuadamente. Entrar en conflicto es muy desagradable emocionalmente y por eso hay personas que lo evitan a toda costa, incluso renunciando a sus propios derechos.

Ella me contaba su vivencia desde “lo mal que lo pasó” por el desbordamiento emocional que tuvo. Sin embargo, no se arrepentía ni de lo que había dicho, ni  de cómo lo había dicho porque estaba harta de injustas comparaciones, de no se  valorara el trabajo realizado ni de los buenos resultados obtenidos en otros productos (llegó a un 120% de beneficios).

Como ya he comentado en otro artículo de este blog, la rabia y la indignación son expresiones emocionales que culturalmente nos han sido prohibidas a las mujeres. Cosa que no ha sido así para el miedo o la tristeza, que sí podemos expresar con toda naturalidad (aunque por dichas emociones también se nos haya tratado de débiles, dóciles, sensibleras o incluso peor, sin personalidad).

La rabia o ira es una emoción; es una respuesta emocional básica, intensa y llena de una energía física muy fuerte. También es una respuesta automática, natural y en muchos casos, difícil de expresar adecuadamente. Aparece cuando nos faltan el respeto, cuando nos ofenden, desprecian, insultan, burlan, etc… El interruptor que la activa está en la amígdala, el centro neurálgico emocional. Un centro que está conectado con grandes autopistas que van hacia las zonas “pensantes” del cerebro: las áreas prefrontales dónde están la reflexión, el pensar las consecuencias, etc. La rabia es un chispazo intenso que puede producir un cortocircuito y desconectar temporalmente los lóbulos prefrontales de la amígdala. Esta lleva el control. Por eso con la rabia sólo se reacciona no se piensa.

Las amígdalas, la parte más emocional, están muy en el centro del cerebro. En cambio las áreas "pensantes" (córtex) están en la parte externa, por eso puede haber desconexiones entre una y otra si la amígdala y el sistema límbico toman el control.

La indignación, en cambio, es un sentimiento no una emoción. No es tan intensa, ni tiene tanta energía física, aunque nos moviliza interna y físicamente llevándonos a actuar (hacer o decir). En la indignación, las autopistas entre amígdala y las zonas prefrontales están abiertas y funcionando a pleno rendimiento. La indignación favorece la argumentación bien fundamentada, con lucidez y cierta pasión. Es la lucha consciente para reparar el daño, defendernos  y hacer Justicia.

Esta mujer, en esa discusión con su jefe, conectó con esta emoción poderosa que es la rabia y con su mejor evolución, la indignación. Y salió airosa. No sintió miedo. Sabía lo que decía y por qué lo decía. Se dio a respetar ante la otra persona con inteligencia emocional y le devolvieron, lo mismo: respeto. Ahora está empoderada. Creyó en ella, en su equipo y sabía perfectamente lo que quería decir y tuvo el valor para decirlo.

La asertividad es la capacidad de decir o de hacer lo que creemos que es justo, sin faltarle el respeto a la otra persona ni a nosotras mismas. Genera satisfacción personal y mejora la autoestima.

Claro que se quedó agotada, en un temblor y lloró. Pero no de impotencia, pena, debilidad, inseguridad o miedo, vivencias emocionales que conoce y ha sentido miles de veces. Fue un desahogo ante la tensión que vivió entre sus emociones, sus sentimientos y al mismo tiempo, buscar los argumentos, explicarse adecuadamente, no faltar al respeto, desmontar las acusaciones, etc… Es satisfactoriamente agotador. Y más cuando se estrena  por primera vez  y de una manera tan contundente. Fue un ejercicio de libertad, de autodefensa, de respeto y dignidad. De autoestima.  No hay arrepentimiento por lo dicho. Hay satisfacción y seguridad.

Ella ha comenzado a defenderse sin miedos ni culpas inculcadas socialmente. Ha sabido reconocer y gestionar la ira conectando con su versión más ética, la indignación. Sin tener que pedir permiso. Sin tener que avergonzarse de ser mujer.

Comienza una revolución en su interior que ella, por fin, ha activado porque ha encontrado “ese lugar” que llamamos Dignidad. Ya no volverá a ser la misma. Será una versión mejorada de sí misma. Cuánto me alegro.

Feliz día del trabajo. Y a seguir luchando por la equidad y la justicia social entre mujeres y hombres.