Cada año llegamos a esta época navideña con ganas de compartir amistades, regalos y comidas. Pero no siempre es fácil. La Navidad refleja y hace aflorar la realidad de las relaciones que tenemos a lo largo de año. Con algunas personas ya no nos vemos, con otras nos hemos enfadado, con otras sólo hay compromisos sociales (aparentar la ”happy family”) y otras personas ya no están en este planeta y llevamos una pena dentro, difícil de disimular. Cuando hay peques en la familia se lleva mejor porque nos ayuda a sacar nuestra niña o niño interior y es fácil, incluso natural, ponernos alegres, ilusionarnos con los juguetes y cantar villancicos… Es la magia de creer que lo imposible es posible y que todo se puede conseguir: llenarnos de buenos deseos para propios y extraños. Eso me gusta de la Navidad.

En cambio, no me gusta el consumismo compulsivo, ni la hipocresía (por muy refinada que sea), ni el forzar encuentros con ciertas personas que ni nos van ni nos vienen, ni el gasto innecesario de luces navideñas.
Tratemos de vivir unas buenas fiestas no “porque toca” sino de verdad, de corazón, auténticas; con las personas que queremos. Juguemos con los críos que tengamos a nuestro alrededor, es el mejor regalo. Pensemos y compartamos qué le agradecemos a este 2016 que está a punto de terminar; qué ha tenido de divertido, de aprendizaje, de doloroso, qué nos ha aportado ahora que ya se acaba…Y minimicemos la falsedad, el qué dirán, el comprar por comprar, las prisas, los atascos, las malas formas, la masificación…
Ahórrense el felicitarme con un “enviar a todos” por guasap o email, no me dice nada. No los abro. No los contesto. Aunque se envíe con buena intención lo que siento es soledad. Las redes están muy bien para conectar, para conocer pero no para desarrollar las relaciones personales. La paradoja es que la gente recibe doscientos guasaps, cien me gustas y tiene mil amistades en feisbuc y está cada vez más sola.

Ya escribí mis postales navideñas de puño y letra, dirigidas a cada persona que quiero, dedicándole un momento real de mi vida, en la que le hablo de mí y de mis deseos de verdad para ella. Muy pocas personas las escriben hoy en día pero yo las que recibo las guardo como un tesoro. Me gusta abrir la carta, sorprenderme con lo que me escriben, reconocer su letra… Antes podíamos identificar la letra de cualquier persona y ahora si te descuidas ya desconocemos hasta la de nuestra pareja.
Soy una nostálgica de las relaciones de carne y hueso en cualquier época del año. Y me encanta. No renuncio a la calidad por la cantidad. No quiero dejar de mirar a los ojos y de abrazar…. ¿Y ustedes?

