Hace algunas semanas tuve la oportunidad de asistir como miembro de tribunal a la tesis doctoral del compañero psicólogo Cristo M. Guerra, en la Universidad de La Laguna. Su trabajo titulado “Las relaciones entre iguales en el alumnado de primaria y secundaria desde una perspectiva de género”, retrata las relaciones entre niñas, niños y adolescentes desde los 8 hasta los 13 años en nuestras escuelas públicas y concertadas y la importancia de cómo los estereotipos de género afectan negativa y discriminatoriamente a su madurez y socialización. Les cuento algunos de los resultados de esta seria y bien hecha investigación.

Resulta, oh sorpresa, que el machismo empieza en casa con la elección de los muebles del cuarto del futuro bebé que vendrá al mundo. Son los padres, más que las madres, los que tratan de manera más distinta y marcada a los hijos, para que se comporten “como varones”, más que a sus hijas. Su efecto a la largo de la vida hace que los hombres sean menos flexibles en cuanto a los roles. Algunos ejemplos; las mujeres no deben mostrar enfado y los hombres no lloran, ni son cobardes; ellos juegan con pelotas ellas muñecas, etc.

Tanto las madres como los padres esperan cosas distintas según tengan hijas o hijos. De ellas, se espera que sean buenas en el comportamiento y académicamente se les potencia sobretodo el lenguaje y aprender idiomas. A ellos se les motiva para rendir en matemáticas y en el deporte.
En la escuela también se educa sesgadamente: los docentes refuerzan a los chicos para que tengan éxito y sean competentes y a las chicas les valoran que se porten bien y sean prosociales.
Estos estilos educativos en casa y en la escuela facilitarán que las niñas y chicas tengan más habilidades sociales, sean más inteligentes emocionalmente y más maduras, pero con baja autoestima. Tendrán menos amistades pero más estrechas y cuando aparezca el conflicto lo expresarán a través de una agresividad no física y sí relacional (aislar, ignorar, difamar etc..). En los niños y chicos producirá que sean poco inteligentes emocional y socialmente, más inmaduros, competitivos, jerárquicos y con alta autoestima. En las relaciones se organizarán en grupos numerosos, jerárquicos y preocupados por ser los líderes y establecer claras relaciones de dominio. Ante los conflictos optarán por la agresividad física.

No sólo esta investigación sino muchas otras anteriores ya han señalado que la solución a la violencia contra las mujeres pasa por la coeducación en casa y en la escuela.
Coeducar significa educar teniendo una mirada hacia las niñas y los niños más allá de su sexo; enseñando y vivenciando la igualdad, la justicia, la fraternidad, la empatía y proporcionando las oportunidades para ser auténticamente ellas y ellos mismos. Cuidando de no influir con falsas creencias y prejuicios sociales limitantes y discriminatorios.
Pero la coeducación parece una moda que hace años pasó fugazmente por las aulas y que no llegó a nuestros hogares.
Por eso ya a los 12 años llegamos tarde, como muy bien señala esta tesis doctoral, de la que les comentaré más resultados en otra ocasión.

La prevención de la violencia contra las mujeres en particular y la mejora de la convivencia y la madurez personal de todo nuestro alumnado en general, pasan por una apuesta real por coeducar desde Educación Infantil y Primaria, para que en Secundaria podamos reajustar y reconducir lo que se nos haya escapado, pero en ningún caso se puede hablar verdaderamente de prevención si empezamos en la adolescencia. Continuar así es perder la partida, como demuestra esta investigación donde el resultado hasta ahora no deja dudas: machismo-12, coeducación-0.