Seguramente, quien esté leyendo este artículo hace tiempo que fue adolescente. Es una etapa muy importante de la vida que para muchas personas está presente en su vida adulta. Puede ser porque quedaron asuntos pendientes que no supimos resolver adecuadamente o porque fue allí, en la adolescencia, donde surgieron dificultades, miedos, inseguridades o sueños que no acabaron bien o que siguen pidiendo ser realizados.

La adolescencia es la primera gran crisis personal. Una crisis muy intensa en lo emocional, lo corporal, lo social y lo familiar, y que vivimos apenas sin herramientas. Nos invade un fuerte sentimiento de soledad, de no ser aptos o de no encajar, que se puede volver insoportable. A veces es como un callejón sin salida lleno de incomprensión.
Abandonamos la infancia sin darnos cuenta mientras nuestro cuerpo comienza unos cambios muy potentes que nos atrapan por su intensidad y por nuestro desconocimiento, pues incluso aún hoy, como adultos, nos falta mucha educación afectivo-sexual.
Mientras el chute hormonal acampa por nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro yo interior, comienza a ser cada vez más reflexivo, analítico, abierto, creativo, divagante y concluyente… al menos para llenarse de preguntas que parecen no tener respuesta: ¿quién soy yo? ¿Qué es lo que quiero en la vida? ¿Qué se me da bien? ¿Por qué no me entiendo? ¿Por qué no soy “como los demás”? ¿Alguien me querrá alguna vez? ¿Y si no sé qué estudiar? ¿Y si me equivoco en mis decisiones? ¿Esto será una relación tóxica? ¿Por qué no me gusta mi cuerpo? ¿Por qué no encajo en el grupo? ¿Por qué me ha tocado esta familia? Y, así, un largo etcétera.

Por tanto, en la adolescencia comienza un distanciamiento natural del grupo primario, la familia. No es que nuestros hijos e hijas ya no nos quieran, es que se van al planeta A (A de Adolescencia). Un planeta al que los adultos no podemos ir. Es un lugar que a los adolescentes les permite tomar distancia y analizar a los que, hasta hace unos meses, eran sus referentes afectivos (madre, padre o quien hiciera esa función) y mirarlos de otra manera.
Un planeta lleno de personas que están en el mismo momento evolutivo, con un egocentrismo propio de la adolescencia que les hace sentir que son el centro del universo y al mismo tiempo, donde sienten que el resto del universo no los entiende. Buscan allí, en el planeta A, la complicidad de sus grupos de iguales (reales o virtuales) donde desean, a toda costa, encajar. Muchas veces esos grupos comparten, en general, los valores principales que las familias transmiten, pero otras van en contra de nuestros de nuestros valores y estilo de vida como familia. La clave estará en facilitarles que encuentren más de un grupo de amistades para que así la presión de grupo ayude a nuestro adolescente a darse cuenta si es un grupo que le conviene o no.

Desde la mirada distante que les proporciona el planeta A, descubren que los adultos somos más viejos y estamos más cansados que ellas y ellos. Que somos imperfectos, que dudamos, que nos contradecimos unos con otros, que no siempre hacemos lo que decimos. Que no tenemos todo el conocimiento ni todas las respuestas que necesitan; que somos torpes con los nuevos lenguajes y redes sociales; que no manejamos tan bien el inglés, ni mucho menos sus gustos audiovisuales, su música, series, videos, ídolos, influencers, youtubers, etc… Casi somos una decepción. Nos ven pequeñitos, a veces “inservibles”. Y se alejan. Como hicimos la mayoría de nosotros cuando vivimos nuestra adolescencia.
No obstante, también saben que somos inteligentes, sienten nuestra preocupación y cariño. Saben que tenemos mucha más experiencia, que les intentamos dar seguridad y confianza, y abrirles oportunidades para crecer como personas y prosperar. Que buscamos comunicarnos, aunque no nos salga siempre bien. Que tenemos más claro que cualquier adolescente lo que está bien y lo que no está tan bien. Que estamos dispuestos a darles una nueva oportunidad tras cometer un error y, sobre todo, que nuestro amor es (o deber ser) incondicional. Y entonces de repente, vuelven del planeta A y nos buscan para hablar en el momento más inesperado o inoportuno. Vuelven en momentos puntuales y los reconocemos y nos reconocen, y parecen decirnos “ah, sí, eres tú… te quiero”. Entonces, es cuando tenemos que aprovechar esos momentos y dedicarles nuestro tiempo.
Aprovechar entonces para hablarles con asertividad, o lo que es lo mismo, decir o hacer lo que creemos sinceramente que es lo más justo sin faltarles al respeto. Facilitándoles que se expresen (a su ritmo) y que opinen. Tenemos que ayudarles a reflexionar, a ponerse en el lugar del otro, a valorar las consecuencias de lo que se va a hacer o de lo que se quiere decir.
Si tenemos que decir NO, que haya coherencia. Usar el NO con sensatez: seis meses sin móvil es de poca sensatez y muy poco realista. Siempre tendrán más energía vital que nosotros y nos tenemos que dosificar; elegir las “batallas” para alcanzar la paz y la concordia familiar.
Tenemos que buscar momentos de ocio o distendidos, donde poder echarnos unas risas juntos, sin recriminar nada; solamente disfrutando y agradeciendo el ratito, reforzando con una sonrisa, una mirada, un abrazo, un gesto hecho en el momento adecuado.

Tenemos que mantenernos en conexión con nuestros adolescentes, que sepan que vamos a estar siempre ahí, disponibles. Que confiamos en que terminarán con éxito esta primera gran crisis personal y continuarán su vida construyendo poco a poco, día a día, la persona que quieren ser.
Desde luego, tendrán sentimientos encontrados y desconcertantes, no sólo hacia sí mismos sino también hacia nosotros. Nos quieren, pero están desencantados. Saben que queremos ayudarlos, pero ya no nos ven como aquellos referentes “perfectos” de la infancia. Saben que tienen que respetarnos, pero muchas veces no se sienten comprendidos y, por ende, respetados.
Habrá que seguir dedicándoles tiempo para poder decirles, como un faro que ilumina en la oscuridad, que estamos aquí, que los queremos, que nuestro amor es in-condicional. Es decir, sin condiciones; que los queremos por la persona que son, no por la que nos gustaría que fueran. Difícil a veces, lo sé, pero cuando alguien se siente valorado y respetado, se relaciona y se comunica mejor.

Aunque no lo crean o no lo sepan, nos necesitan. Por eso no podemos tirar la toalla. Hay que insistir con mucho cariño y con normas claras de acuerdo a su edad y capacidad. El amor no puede ser moneda de cambio. El amor es el amor. Y educar supone estar presentes en su vida, atentos a sus idas y venidas planetarias. Algunos temas serán revisables, negociando y facilitando ampliar límites y permitir más libertad, acompañada de la misma cantidad de responsabilidad.
Sabemos que la adolescencia acaba y, cuando regresen definitivamente del planeta A, los estaremos esperando con los brazos abiertos para continuar acompañándolos por este incierto y apasionante viaje por la vida.
































